jueves, 15 de septiembre de 2016

MATAR AL DRAGÓN (Motivacional)



El tesoro está frente a ti. Puedes mirar su resplandor dorado justo frente a tus ojos. Todo lo que has soñado y anhelado está ahí, a escasa distancia de tu ubicación, esperando a que lo tomes.

Sólo tienes un pequeño problema: El Dragón.

La inmensa bestia de ojos de fuego, garras filosas y escamas de bronce, te separa del tesoro que tanto anhelas.

¿Qué vas a hacer? No puedes negociar con el Dragón. Él no quiere nada de ti. No puedes comprarlo o engañarlo.

Tampoco puedes apelar a su compasión. El corazón de la bestia no conoce la misericordia. No le importa lo mucho que hayas sufrido, lo mucho que merezcas ese tesoro, o lo buena persona que seas.

Sólo tienes una opción: Matar al Dragón...

Claro, ahí es dónde empiezas a dudar. Te preguntas a ti mismo: ¿Vale la pena? Quizás ni siquiera necesito el tesoro. ¿Por qué habría de arriesgarme a enfrentar a esa bestia infernal si lo único que necesito es conformarme con ser uno más, como lo hacen todos los que conozco?

Empiezas a tratar de convencerte de que no es tan malo irte sin tener tu tesoro y que quizás puedar arreglártelas bien en la vida sin tener que enfrentarte a ningún gigantesco Dragón. Así que simplemente piensas en darte la vuelta, dejar tranquilo al Dragón y que él te deje tranquilo a ti... ¡Y seguir con la vida mediocre que siempre has tenido! Al fin y al cabo, la rutina es reconfortante.

No obstante, algo en tu corazón sabe que si tomas esa decisión lo lamentarás el resto de tu vida.

No...No te vas a ir sin tu tesoro. No te vas a conformar con vivir una vida mediocre, no vas a aceptar ser uno más, otro humano olvidable en una muchedumbre de humanos olvidables. Decides no retroceder: ¡Decides no temerle al Dragón!

Sacas tu espada... La hora ha llegado. Podrás perder, pero no retroceder.

Ahora es el Dragón el que duda...

miércoles, 14 de septiembre de 2016

CAMBIA TU PROPIA VIDA





Hacer cosas cambia las cosas. No hacer nada es permitir que las cosas sigan exactamente igual.

Entonces, ¿a qué esperas?

¿Qué haces viviendo tu vida en la inercia cuando allá afuera hay todo un mundo de posibilidades por conquistar?

¿Qué esperas? ¿Un milagro a tu favor?

No confíes en los milagros. Si necesitas un milagro debes provocarlo tú mismo con tu fe, con tu esfuerzo diario, con tu trabajo incansable, con tu optimismo insistente, con tu idealismo íntegro.

¡No esperes soluciones mágicas!

Alégrate si has tenido un golpe de buena suerte, pero no confíes en ellos. El Universo nunca brinda atajos ni premia con regalos a quien no se lo merece. Si quieres cosechar: ¡Siembra!

No caigas en supersticiones ni formulas fraudulentas creadas por gente que quiere tu dinero, tu tiempo, tu talento, tu trabajo gratuito. Si Dios te ha dado todo de gratis, ¿quiénes son estos simonitas que cambian espejos por oro?

¿Quieres bajar de peso? Dieta y ejercicio.

¿Quieres tocar guitarra? Practicar diario.

¿Mejorar tu mente? Estudio.

¿Cambiar tu carácter? Constante dominio propio.

¿Encontrar trabajo? Nunca desistir.

Es tiempo de qué tú mismo cambies tu vida.
  

HOY ES EL DÍA...



Hoy es el día.

Ayer ya pasó, con todas sus glorias y desdichas, y el Mañana (con todas sus posibles calamidades y bendiciones) todavía no ha llegado.

Sólo tienes un día en toda tu vida: Hoy.

Y en vista de que sólo tienes un día: ¿por qué habrías de desperdiciarlo? ¿Por qué malgastar tan precioso tesoro en quedarte en un rincón lamiendo las heridas que te hicieron o en aterrorizarte por los fantasmas de un futuro que quizás no tocará a tu puerta?

El reloj sigue su carrera imparable y cada segundo perdido es inalcanzable para siempre... ¿Vale, entonces, la pena sacrificar el Hoy en el altar de los remordimientos, los miedos, las angustias y la incertidumbre?

Hoy la vida te da una oportunidad, pero debes tomarla.

domingo, 11 de septiembre de 2016

SI ME MUEVO ME MATARÁ (Relato)





Lo veo ahí, sentado en una silla frente a mi cama, con una sucia máscara de calavera blanca sobre su rostro, con un cuchillo de hoja plateada en la mano derecha (cuyo antebrazo descansa en su rodilla) y su cabello hirsuto cayendo sobre sus hombros. Me observa. Yo entreabro uno de mis ojos para contemplar su figura de pesadilla y me quedo totalmente quieta.
Sé que si me muevo me matará.
Él está ahí, a menos de medio metro de mi ubicación, tan quieto como yo. Creo que sabe que estoy despierta y que lo observo. Eso no parece importarle, de hecho, creo que es parte de su juego.
¿Qué debo de hacer? Si me levanto rápidamente, doy un salto fuera de la cama y corro con todas mis fuerzas, ¿podría huir? Imposible. Antes de que pudiera abandonar la cama su cuchillo ya me habría alcanzado, no obstante, aun si lo tomo por sorpresa y pudiera llegar a la puerta de mi cuarto estoy segura de que no podría terminar de abrirla sin que me alcanzara. ¿Y si lucho? Sería un suicidio. Debe tener el doble de mi tamaño. Podría noquearme con un simple golpe, o cortarme en dos sin esfuerzo.
No, debo quedarme quieta… Sé que si me muevo me matará… Lo sé, lo sé.
El tic tac del reloj en la pared invade el ambiente silencioso. Cierro los ojos con fuerza, mientras una lágrima muda rueda de mis ojos hasta la almohada, luego rueda otra y otra. No, no, no, debo controlarme. Si sigo llorando, él podría…
¡Se ha movido! La pobre silla que sostenía su peso ha lanzado un quejido y sus ropas de cuero han dado un chirrido característico. El hombre está de pie a unos centímetros de mi cuerpo. Lanza un bufido de cansancio y estira sus extremidades de forma perezosa.
Luego su mano baja la sábana que cubría mi cuerpo y quita la última barrera que me separaba de él. A la luz triste que se filtra por la ventana veo sus ojos negros clavados en mi figura.
Siempre me enorgullecí de mis caderas perfectas hasta esta noche. Juro que si estas cosas me han vuelto una presa para este psicópata no volveré a usar jeans ajustados en mi vida.
¡Oh, Dios mío! Su mano está sobre mis nalgas.
Su mano es grande, pesada, ruda. No es el contacto con su guante de cuero lo que me lastima si no esa mano salvaje cuyos dedos de cemento se aferran a mi carne inerme.
No sé lo que hace el tipo. Desde mi posición no puedo ver nada. No sé si tiene el cuchillo aun en las manos, pero lo oigo gemir. ¿Acaso ha venido hasta acá para tener la más psicótica sesión masturbatoria del mundo?
El tiempo pasa, pero no podría precisar cuánto. De pronto, sus dedos de cemento se relajan y abandonan mi cuerpo. Oigo sus pasos, se está alejando, la puerta se abre y le escucho salir.
El cuarto queda en silencio. ¿Debería levantarme? ¿Tomar mi teléfono y llamar a la policía? ¿Ir hacia la puerta y poner frente a ella un mueble que me atrinchere? ¿Deshacerme de mi angustia con un grito desgarrador? ¿Encender la luz?
Tomo la última opción. Enciendo la luz. No hay nadie.
De pronto el sonido de mi celular me saca de mis casillas. He recibido un mensaje. Un mensaje de Marc. Lo tomo y lo abro:

“Anne, no puedo creer que te hayas dormido. Me invitas a jugar un role-playing y luego te encuentro como piedra tirada en la cama. ¡Anda tía, que uno te agarra la cola y ni eso te despierta! ¿Acaso tomas sedantes?”