miércoles, 15 de febrero de 2017

¿PARA QUÉ SIRVE LA POESÍA?



Nunca me sentí más alejado de mi primo Guillermo que en aquella ocasión en que me preguntó, con acento provocativo, el para qué rayos perdía mi tiempo escribiendo poemas.

En ese entonces yo era un adolescente de aires taciturnos con los ojos aún enceguecidos por el deslumbramiento de Rubén Darío y, aunque escribía poemas de pésima calidad cuyo insistente recuerdo todavía me atormenta, ya tenía ganada cierta notoriedad en mi secundaria como un poeta en ciernes.

Sin embargo, nada podía responder a quien me cuestionaba acerca de la utilidad de hacer versos porque hasta ese preciso instante yo mismo nunca me había planteado el asunto.

El dilema me salió al paso, nuevamente, hace unos días cuando un descarriado poeta, de bohemia incorregible, afirmó que el oficio de escribir versos no tenía cabida en el hombre actual.

Defendí mi postura diciendo que el hombre actual es el mismo hombre de ayer, y que tanto ayer como hoy la poesía sigue desempeñando un papel de catarsis psicológica, un desahogo emocional e intelectual absolutamente necesario para las almas sensibles.

No obstante: ¿tiene la poesía algún uso práctico fuera de la liberación emocional del propio poeta?

Para la mayoría de las personas hacer un poema no parece ser una actividad productiva, y en nuestra cultura obsesionada con el dinero tampoco luce como una actividad rentable.

De pronto, el propio artista se cuestiona si lo que hace tiene algún valor o si le servirá a alguien de alguna manera. Aunque a primera vista parece ser un simple dilema existencial típico, pronto se convierte en una crisis en la que el bardo se siente indigno y culpable de que sus musas sean hermosas. La solución provisional de algunos es convertir la poesía en un grito de protesta, convertirla en el megáfono de las desgracias sociales y del sufrimiento injusto, ya que muchos poetas se han convencido de que escribir versos cuando hay tanta miseria en el mundo es un lujo impagable o una especie de cobardía.

Al respecto, Albert Camus dice que algunas personas “les parece que escribir ahora un poema sobre la primavera es servir al Capitalismo”, pero luego remata magistralmente afirmando que “si el hombre tiene necesidad de pan y de justicia –y si hay que hacer lo necesario para satisfacer esas necesidades- también tiene necesidad de la belleza pura, que es el pan del corazón”.

Es necesario, pues, reconocer que la nueva poesía comprometida corre el mismo riesgo de la vieja poesía comprometida, es decir convertirse nada más que en un simple panfleto escrito en verso.

La primera condición del poema es ser poético, nada más y nada menos, de lo contrario correremos el riesgo de volver a la época en que la calidad de un texto dependía directamente de la moraleja, época oscura en la que el arte había perdido su misma esencia artística.

No obstante, hay un aspecto de la utilidad de la poesía que no hemos considerado y es éste: la palabra poética como defensa de la individualidad.

Cuando todo el mundo parece ir en dirección a la masificación y a la globalización, donde la humanidad no es un conjunto de individuos sino un hormiguero cuidadosamente mecanizado, sólo nos queda una última defensa de los límites personales: la Poesía.

Sólo la poesía nos habla de la individualidad y la originalidad de un ser humano y sólo ella tiene la virtud de hacernos ver que no somos legión, que no somos una masa, que podemos ser libres y que podemos pensar y sentir por nosotros mismos.

¿No es eso lo verdaderamente útil de la poesía?

Pero es algo que el Poder que nos gobierna no va a reconocer porque, aunque la poesía le sea útil al ser humano individual, se constituye en un peligro para la perfecta maquinaria de la sociedad de consumo, siendo pues que un poeta puede ser tan peligroso como un revolucionario, o quizás, en un sentido más profundo, sea el verdadero revolucionario... ¡El profeta de un mundo de pensamiento libre!

Así que si otro descarriado me sale al paso y me pregunta si la poesía tiene alguna utilidad mi primera reacción será: ¿lo estás preguntando en serio?




jueves, 9 de febrero de 2017

LA EJECUCIÓN





Bajo la lluvia, a pocos metros de la finca, los soldados esperaban la llegada del prisionero.

Eran cerca de las tres de la tarde. La lluvia había empezado desde la madrugada y no había amainado ni un solo instante, sin embargo a Palomino Suarez no le importaba. Protegido por un alero destartalado, fumaba en silencio, arrojando aros de humo celeste al inclemente albedrío de la lluvia. Tenía ya veinticuatro horas de no probar bocado, pero el amargo sabor del tabaco crudo le daba a su cuerpo una resurrección súbita aunque efímera. Frente a él, los otros tres hombres revolvían el fango con sus botas de indios. Tenían barro hasta en las raíces de los cabellos y la ropa empezaba a caerse a pedazos por la humedad, por lo que ya no veían cómo protegerse en el alero fuera a serles útil de alguna manera.

El último cigarrillo se terminó sin gloria y Palomino arrojó la colilla a un charco cercano. Lo vio flotar en las aguas marrones, bamboleándose en las linfas agitadas por las gotas que no cesaban de caer y sonrió infantilmente al pensar en un barquito blanco a punto de naufragar en el océano. Se pasó la mano por la barba hirsuta en la que ya se asomaban algunas canas y luego se rascó detrás de la nuca con un gesto indolente y aburrido. Era un hombre de estatura baja, de casi cincuenta años, rechoncho, de piel morena retostada por las largas jornadas bajo el sol y los ojos inocentes y despistados de los asesinos.

-Cabo -gruñó Palomino-. ¿Y a qué horas traen a ese jueputa?

-Ya lo “traén” -dijo el cabo.

Hasta ese momento, Palomino se dio cuenta de que había repetido esa pregunta en tres ocasiones anteriores y en todas había recibido la misma respuesta del cabo con aquel “traén” tan típico de aquellas regiones. Con fastidio se llevó las manos sucias hacia la nariz y rascó con parsimonia.

-¡Y qué se tardan tanto! -se quejó.

Para tratar de distraerse miró hacia el charco de nuevo, pero ya no encontró la colilla flotando en las aguas: El barquito blanco había naufragado. Se sintió tan decepcionado por ese hecho tan casual que escupió al charco con rabia. Luego se sacó la bayoneta de hoja plateada que cargaba en el cinturón y con la punta se fue sacando la mugre de las uñas, no tanto por nostalgia de la higiene como por tener otro recurso contra el tedio.

-Ya “vinió” -dijo el cabo, de pronto.

Palomino se metió la bayoneta en el cinturón, tomó el AK que descansaba en el suelo y se salió hacia el desamparo de la lluvia. De la finca venía el capitán Emilio Larraza con dos soldados rasos malhumorados que traían a un hombre descamisado y descalzo que caminaba dando resbalones en el fango. Palomino lo miró y se sorprendió de ver en su cuerpo flaco aquellas costillas desamparadas, apenas cubiertas por una piel muy blanca. El hombre no tendría más de cuarenta años, tenía los ojos hundidos y un bigote mal recortado debajo de una nariz aguileña. Justo detrás de ellos apareció también una mujer de aspecto deplorable que lloraba a grito partido mientras cargaba en sus brazos a una niña escuálida.

-Sargento Suarez -dijo el capitán-, ahí le dejo a ese jodido.

-¿Otro guerrillero? -inquirió Palomino.

-Les dio comida a los guerrilleros -dijo Emilio Larraza-. ¡Es la misma vaina!

La mujer con la niña se acercó dando alaridos indescifrables, pero uno de los rasos impidió su avance sujetándola del brazo. El hombre descamisado levantó la vista con enojo, pero se contuvo. Apretó los dientes y volvió a bajar la vista. Palomino ya no quería perder el tiempo.

-Amárrenlo a un palo -ordenó-. ¡Y preparen armas!

La niña escuálida empezó a llorar y la mujer, embarazada por su peso, la dejó caer al fango. El raso se sorprendió tanto por esta acción que soltó a la mujer y ésta corrió para tirarse de rodillas frente al capitán Larraza.

-Por favor -lloró-. ¡Por favor!

Emilio Larraza era un treintañero de tez morena y altura impresionante. Ni siquiera se dignó a mirar a la mujer que lloraba a sus pies.

-Estos indios nunca aprenden -gruñó.

Los rasos amarraron al hombre descamisado a un árbol de mangos y empezaron a preparar las AK mientras Palomino miraba a la niña que lloraba en el fango. Era blanca como el hombre descamisado, tenía el cabello de un color amarillo cobrizo y unos ojos de un color incierto anegados en lágrimas amargas. Seguramente era la hija del hombre. Era una lástima que su madre la hubiera sacado para contemplar su muerte.

-¡Preparen! -ordenó Palomino.

La mujer dio un grito ahogado y trató de levantarse de donde se había quedado postrada, pero el soldado raso se lo impidió presionando con la mano su hombro.

-¡Apunten! -continuó Palomino.

Los tres soldados rasos y el cabo apuntaron el pecho inerme del hombre. En el ambiente triste, invadido por la lluvia, sólo podía escucharse los gritos de la mujer y de la niña. El hombre descamisado no decía nada, no lloraba, tenía los ojos clavados al suelo y apretaba la mandíbula.

-¡Fuego! -gritó Palomino.

Las armas dieron un gemido metálico en lugar del esperado estallido apocalíptico y Emilio Larraza lanzó un bufido de frustración.

-Pero, ¿qué mierda…?

-Las armas ´tán mojadas, capitán -dijo el cabo-. ¡Se enclocharon las jueputas!

Emilio Larraza sacudió el hombro de Palomino.

-Sargento -dijo-, quiero a ese hombre muerto.

Palomino Suarez se encogió de hombros. ¿Qué más le quedaba? Pensó en sacar la bayoneta con la que se había limpiado las uñas y degollar al desgraciado. No era algo elegante, pero era efectivo. Él sólo quería irse a comer.

-“Sargentó” -dijo el cabo, con voz melosa-, allá arriba hay un pozo.

Palomino Suarez comprendió la sutil sugerencia y sonrió ante la diabólica malicia de su subalterno. Sin más, les dijo a los rasos que desataran al hombre y que lo llevaran al pozo. Caminaron los pocos metros que los separaban entre los gritos de la mujer y los lloros de la niña y la imparable insistencia de la lluvia.

El viejo pozo de aquella finca estaba repleto de agua hasta el mismo borde. Aquello no era más que un simple agujero en el suelo con un agua marrón igual a la de los charcos. El hombre descamisado entendió lo que iba a pasar y el coraje que lo había sostenido hasta ese momento se le quebró.

-Por favor, sargento -dijo, con una voz profunda y temblorosa-. ¡Yo no me quiero morir, no quiero dejar a mi niña!

Palomino ni siquiera se dignó a mirarlo.

-Tírenlo -ordenó a los rasos.

El agua del pozo se levantó con fuerza al caer el hombre en el mismo centro del círculo. Por un instante su cuerpo se hundió totalmente pero no tardó mucho en volver a salir a la superficie y empezó a agitar las piernas en la desesperación de no hundirse de nuevo. Palomino Suarez, por un instante, recordó la colilla del cigarrillo en el charco, pero supo que el hombre no tardaría tanto en desaparecer porque tenía las manos atadas en su espalda y no había forma de que se sostuviera nadando sólo con las piernas.

Los segundos pasaron de forma agónica. La cabeza del tipo se hundía en el agua y luego volvía a salir, luego volvía a hundirse y volvía a salir, así por un largo rato en el que todos estuvieron en silencio, incluso la mujer y la niña. De pronto, la cabeza del infeliz se hundió por un rato más largo que los anteriores y luego volvió a emerger, pero sin ningún movimiento en sus miembros.

-Ya se murió -dijo el cabo con un acento de desilusión.

Palomino Suarez no respondió. Se volvió hacia el cabo y se rascó la barba con indolencia.

-Ahora a la mujer -ordenó.


domingo, 15 de enero de 2017

LA MANSIÓN DE LOS SECRETOS 7: "EL FIN"




Dedicado con gran respeto y cariño a todas las personas que prestaron su nombre para esta saga.
R.B.


***



Por la mañana, el equipo de psicólogas descendió del elegante vehículo que se estacionó frente a la entrada de El Palacio.

Dos elegantes y jóvenes mujeres descendieron de él. Una de ellas, era Yara Castillo, una mujer de piel blanca y elegante figura que se movía con la elegancia de una pantera. La otra era Joseling Rosales, una mujer alta, de rostro angelical y de mirada penetrante. Entraron por la puerta principal y atravesaron la sala común en dónde Jully Arauz, Noelia Pineda y Osiris Rostrán estaban barriendo.

-Perdón -dijo Yara, al notar que había metido un poco de polvo en sus tacones.

Noelia Pineda no le dijo nada, pero no pudo disimular el rostro de molestia.

Sin darle importancia, Josseling y Yara subieron las escaleras. Luego caminaron por el pasillo y entraron en la cuarta puerta a la izquierda, en donde Eyling Zarantes trataba de encender su laptop dañada.

-¿Leyeron los e-mail que les mandé? -les preguntó de inmediato.

-Sí -respondió Josseling-. Ya analizamos toda la información y creemos que tenemos a dos sospechosos.

-Eso mismo pensé yo -dijo Eyling-. No puede ser un solo atacante. Deben ser al menos dos. ¡Mientras uno trataba de ahorcarme en la sala, el otro estaba atacando a Ingrid y Annabell!... Es lógico.

-Entonces debe ser algún grupo de chicas que siempre están juntas -dijo Josseling-. ¡Como Tamara y Milena!

-¿Las rockeras? -dijo Yara-. Bueno, quizás sí, pero yo sospecho más de Noelia Pineda y Osiris Rostrán.

-¿En serio? -se sorprendió Ariel Escorcia, quien estaba sentado en una cama-. Pero si Noelia y Osiris no se meten con nadie…

-No lo creo -respondió Yara-. No olvides que ellas estaban con Ingrid antes de que la atacaran… Para mí, son sospechosas.

-Yo no creo que esas chicas hicieran nada -dijo Ariel-. Yo sospecho de Patricia Salinas y Jackeline Montenegro… ¡Esas chicas ocultan algo!

-Lo siento, pero no estoy de acuerdo -dijo Eyling-. Quizás Salinas tenga algo que ver… ¡pero yo creo que Jackeline es inocente!

Los cuatro se quedaron en silencio. La verdad es que, aunque tenían muchos sospechosos, no podían dar con los verdaderos atacantes.

-Es inútil -dijo Yara, rompiendo el silencio-. Jamás encontraremos a los responsables, a menos que sepamos cómo sacaban a las chicas de El Palacio.

Josseling se acercó a la ventana y contempló el bosque iluminado por los rayos dorados del sol. El paisaje era hermoso y sólo unas pocas nubes volaban por el cielo azul.

-Hay algo que no logro entender -dijo ella-. ¿Por qué atacaron a Eyling en la sala? Es decir: ellos atacaban a todas las chicas en sus cuartos, pero ¿por qué a ti te atacaron en la sala?

-Es verdad -dijo Yara-. No tiene sentido que te atacaran en la sala…

-Quizás no tenían planes de atacarme -dijo Eyling, pensativa-. ¡Quizás me atacaron porque les estorbaba!

-¿Estorbar para qué? -preguntó Ariel.

-Ellos iban a tratar de secuestrar a Ingrid, pero Eyling estaba en la sala -explicó Yara-. Eso significa que la salida estaba en la sala.

-¡Rayos! -gritó Eyling, poniéndose de pie rápidamente-. ¡El espejo!

Sin dar explicación de nada, salió del cuarto, atravesó el pasillo, bajó las escaleras y llegó a la sala. Revisó el espejo con ansiedad, tocándolo por todos lados. Aquel viejo espejo, estaba pegado a la pared, y aunque ella trató de halarlo con todas sus fuerzas no logró moverlo de su sitio.

Eyling sonrió: eso era lo que esperaba. Empezó a examinar la pared: era muy vieja, pero la habían pintado de blanco para que pareciera nueva.

Cuando los demás llegaron a la sala, ya Eyling había terminado su análisis.

-¡Siempre supe que este espejo tenía algo raro! -le dijo a sus compañeros.

Luego presionó algo dentro del marco de metal y el enorme espejo se abrió como una puerta dando un largo chirrido. Del otro lado había una caverna oscura que se hundía en la tierra.

-¡Apuesto mil pesos a que esa cueva lleva a la mina abandonada! -dijo Eyling.

-No puedo creerlo -dijo Ariel Escorcia-. ¿Eso estuvo ahí todo este tiempo?

-La tierra es roja -observó Josseling-. Definitivamente, por ahí se llevaban a las chicas.

-No sólo eso -dijo Eyling- ¡Creo que ya sé quién lo hizo todo!



***

Había tensión en aquella sala, cerca del mediodía.

Eyling Zarantes estaba de pie en el centro de la sala común. A su espalda estaba Gia Franklin y Graciela Zeledón, así como el detective Escorcia y las otras dos psicólogas.

Frente a ella estaban todas las sospechosas. Milena Nyu y Tamara Martí se habían sentado cerca de una ventana y charlaban entre ellas. Ossiris Rostrán y Noelia Pineda se apretaban las manos nerviosamente, mientras Patricia Salinas fingía no darle importancia a nada, revisando su teléfono.

Al otro lado de la puerta que daba al corredor se podía ver los rostros ansiosos de Valery López, Isa Somoza, Jully Arauz e Iris Castillo.

La profesora Graciela había llamado a estas cuatro chicas para que sirvieran como testigos, a la vez de que estuvieran listas para ayudar si algo pasaba.

Sin embargo, si alguien estaba realmente nerviosa era Jackeline Montenegro, quien no parecía poder estar quieta en el sofá en el que estaba sentada. Miraba a todas partes con ansiedad y se enrollaba el cabello con el dedo una y otra vez.

 -Gracias a todas por venir -dijo Eyling rompiendo el tenso silencio-. Estamos aquí para revelar, por fin, la identidad de los criminales que han estado rondando el Palacio. Este sitio se ha convertido en una especie de Mansión de los Secretos, pero todos los secretos terminan siendo revelados y hoy revelaremos éste... Por favor, detective Escorcia, arreste a….

Todo el mundo se quedó en total mudez para escuchar el nombre que Eyling Zarantes iba a decir:

-Arreste a… ¡Patricia Salinas!

-¿Qué? -gritó Salinas-. ¡Yo no hice nada!

-Siempre supe que eras tú -gritó Milena-. ¡Arréstenla!

Salinas miró a Eyling con los ojos húmedos y el rostro desencajado:

-Lo juro que yo no hice nada… Lo juro…

-Es verdad -dijo Eyling, con una gran sonrisa-. ¡Tú no lo hiciste!

El cuarto entero volvió a quedar en silencio.

-Lo siento mucho, Patricia -dijo Eyling-. Dije que eras tú sólo para ver la reacción de las demás: ¡Queríamos saber cómo iba a reaccionar el verdadero asesino al ver que acusábamos a otra persona!

Eyling tomó un poco de aire y luego continuó:

-La persona que hizo todo esto es un sociópata -dijo Eyling-. Es decir, es una persona que disfruta del dolor ajeno. La única manera de descubrir quién era el culpable era ver quién disfrutaba del sufrimiento de Patricia… ¡y ya la descubrimos!

-Así es -agregó la psicóloga Yara-. Una de ustedes no pudo disimular su sonrisa cuando Patricia fue acusada…

-¿Alguien sonrió? -dijo Jackeline Montenegro-. ¿Quién?

Eyling no respondió nada. Paseó la mirada por el salón ante la mirada expectante de todas las chicas. ¿A quién buscaba con la mirada? Por un momento parecía que iba a mirar a Milena Nyu, o a Ossiris Rostrán, incluso a Jackeline.

Todavía sin decir nada, dio unos pasos y se acercó a las chicas que miraban desde la puerta. Puso una mano en el hombro de una de ellas y exclamó:

-Ya basta de juegos, niña… ¡Estás arrestada!

Todo el mundo lanzó un suspiro de sorpresa. Aquello era increíble. La chica era… ¡Jully Arauz!

-Usted se equivoca -dijo Jully, con una sonrisa-. Yo no tuve nada que ver.

-Eso es lo que nos hiciste creer a todo el mundo -dijo Eyling-. Eras la niña tímida, que no se metía con nadie, que le hacía caso a todas. Siempre invisible para todas las miradas… Pudiste salirte con la tuya pero cometiste tres errores. El primer error lo hiciste ayer al dejar una huella de tu talla en el cuarto de Annabell Berríos. El segundo error lo cometiste hoy al pedirle a tus amigas que limpiaran la sala. Seguramente no querías dejar más rastros de tierra roja… Y tu tercer error fue sonreír hace un momento.

-Diablos -dijo Jully, sonriendo-. Nada se les escapa a las psicólogas, ¿eh?

-Ya basta de tonterías -replicó Eyling-. El juego se terminó.

-¡Aún no ha terminado! -rugió Jully, con un rostro ensombrecido.

Velozmente puso las manos sobre los hombros de Eyling y dio un poderoso empujón que hizo que ésta cayera de espaldas. Luego sacó un fino cuchillo plateado que tenía oculto detrás del pantalón. Todos contuvieron la respiración pensando que se arrojaría sobre la psicóloga para matarla, pero en lugar de eso comenzó a correr con los ojos encendidos en furia hacia Jackeline Montenegro.

Jackeline, aterrorizada, pensó en levantarse del sofá y huir, pero aquella chica era increíblemente rápida. Se le fue encima y la tiró al suelo. Por un momento, Jackeline vio el fino cuchilló bajando hacia su rostro y cerró los ojos pensando que iba a morir, pero la mano rápida de Ariel Escorcia interceptó el brazo de Jully e impidió que hiriera a Jackie.

Sin darle tiempo de hacer nada, Ariel desarmó a Jully y la estrelló contra el suelo, mientras le ponía las esposas.

-Demonios, chica -dijo Ariel-. ¡Sí que eres una especie de monstruo!

-¿Por qué? -dijo Jackeline, sin poder salir de su sorpresa-. ¿Por qué trataste de matarme? ¿Por qué hiciste todo esto? ¿POR QUÉ?

Jully sonrió de forma siniestra.

-Te odiamos, Jackeline -dijo ella-. Siempre te hemos odiado. Eres la niña perfecta, con vida perfecta, con calificaciones perfectas, a la que todo el mundo quiere… ¡No sabes el asco que nos das con tu maldita perfección!

Eyling se puso en pie y se acercó a Jully.

-Ahora dime: ¿dónde está tu cómplice? -dijo Eyling-. ¿Dónde está Bella Rojas?

-¿Bella? -dijo Milena-. Eso no es posible. ¡Bella y Jully no son amigas!

-Claro que lo son -dijo Eyling-. ¡Siempre estaban juntas, pero ustedes no se daban cuenta!

-Es verdad -dijo Patricia Salinas, con un rostro de miedo-. Recuerdo que cuando Jackeline despertó de una pesadilla, las que estaban cerca de ella eran Bella Rojas y Jully, aquí en la sala.

-Hoy también -dijo Jackeline, recordando-. ¡Cuando bajé de mi cuarto, Bella y Jully estaban aquí en la sala!

-Siempre trabajamos juntas, idiotas -dijo Jully-. ¡Pero ustedes, que se creen tan inteligentes, nunca lo vieron! Ahora Bella está en la mina terminando el juego.

-¿Terminando el juego? -preguntó Eyling-. ¿Acaso tienen más víctimas?

-Una niña llamada Dodania -dijo Jully-. Y la entrenadora Mara Liz Zavala… ¡Bella ya debió de haber matado ambas!

-Demonios -dijo Ariel-. Llamaré refuerzos… ¡Entraremos a esa mina!

-Voy contigo -dijo Eyling-. ¡Ya es hora de terminar todo esto!



***

Los refuerzos llegaron medio hora después. Era un pequeño ejército de  policías que entró en El Palacio, todos vestidos de negro y fuertemente armados.

-Escúchenme los jefes de equipos tácticos -dijo Ariel-. La mina abandonada tiene tres túneles principales. Vamos a tratar de cubrir los tres… ¿Dónde está Segovia Amador?

-Aquí -dijo una elegante mujer, de rostro encantador, a pesar de mostrarse muy seria.

-Amador lleva a tus hombres por el túnel uno… ¿Dalila Saenz?

-Sí, señor -dijo otra mujer de mirada intensa.

-Comanda el equipo táctico por el túnel tres.

Luego Escorcia miró a la oficial Yereling Galeano.

-Galeano, quédate aquí -le ordenó-. Si esa chica, Bella, regresa, trata de arrestarla, pero ten cuidado…

-¿Cuidado? -dijo Yereling-. Pero si sólo es una niña.

-No -gritó Eyling Zarantes-. No se dejen engañar: Por fuera, Bella Rojas, puede ser una niña de aspecto inocente… ¡Pero no la menosprecien! Bella Rojas y Jully Arauz son sociópatas y no les tiembla el pulso para matar a alguien… ¡Esa niña tan linda es muy peligrosa y tienen que tener mucho cuidado!

-Más claro no se puede decir -dijo Ariel, riendo-. Ahora yo iré a la entrada de la mina que está en el bosque. ¡Espero que podamos encontrar con vida a Dodania y a la entrenadora! Ya no hay más órdenes.  Corran, no tenemos tiempo que perder…




***

Mara Liz Zavala y Dodania Gonzalez estaban a punto de salir, por fin, de aquella horrible caverna. Habían corrido durante horas, dando vueltas a los túneles, y ahora la entrada estaba a pocos metros. Ya podían ver la luz del sol y sentir el aire del bosque refrescando sus caras.

De pronto, un disparo sonó en el aire.

Un trozo de pared brincó en pedazos con el fuerte estallido que produjo la bala, y una voz macabra sonó a sus espaldas:

-¡Quietas las dos! -dijo la voz.

Mara Liz y Dodania se dieron vuelta. Detrás de ellas estaba aquella figura negra con una máscara de bebé sonriente en la cara.

-Por favor -gritó Dodania-. Déjanos ir.

-Nadie se va de aquí -dijo la cosa.

-Si quieres matar a alguien -dijo Mara Liz-, mátame a mí. ¡Deja que esta niña vuelva con sus padres!

La figura emitió una carcajada grotesca. Luego llevó su mano enguantada hacia la máscara de bebé y la retiró. Los dorados rizos se desparramaron sobre sus hombros y Mara Liz pudo ver los ojos brillantes y el hermoso rostro de Bella Rojas.

-¿Bella? -dijo sorprendida-. ¿Eres tú?

Bella Rojas seguía riendo. Sin la máscara cubriéndole el rostro, su voz y su risa se escuchaban normales.

-¡Qué generosa eres, Mara Liz! -dijo, Bella, de forma burlona-. ¿En serio darás tu vida para salvar la de esta tonta?

Dudosamente Mara Liz asintió.

-Wow, eres toda una superhéroe -rio Bella-. Pero yo prefiero matarlas a las dos… ¡Eso me suena más divertido!

Luego sin decir nada más, levantó la pistola automática que tenía en la mano y apuntó hacia el rostro de Mara Liz.

-Lo siento, entrenadora -le dijo-. No es nada personal… ¡Sólo es un juego!

Mara Liz cerró los ojos con fuerza para no tener que ver la bala que saldría de aquella pistola y que le perforaría la frente.  Con el corazón acelerado apretó los puños y comenzó a orar en su mente, convencida de que nada podría salvarla. ¡Bum! El estallido de la pistola inundó toda la caverna, pero Mara Liz no sintió que ninguna bala la perforara… En su lugar, escuchó un alarido salvaje proveniente de Bella.

Mara Liz Zavala abrió los ojos y miró a la chica apoyada contra una pared, sosteniéndose un brazo ensangrentado, pero con el arma todavía colgada de su mano.

-Tira tu arma y ríndete -dijo el detective Escorcia, apareciendo por la entrada de la cueva-. ¡Tira tu arma ahora mismo o te volveré a disparar!

Bella se olvidó de Mara Liz y Dodania. Sonrió ampliamente mirando a Ariel y a Eyling en la entrada de la caverna y lanzó otra carcajada.

-La gran Eyling Zarantes -dijo Bella-. ¡Así que al final sí lograste descubrir el misterio de la mansión de los secretos! Bravo, te felicito psicóloga…

-Tira tu arma -dijo Eyling-. Pasarás toda tu vida en una cárcel, pero no necesitas morir aquí.

-A mí no me importa morir -dijo Bella-. ¡Aunque hay algo que siempre he querido hacer!

-¿Qué es? -preguntó Eyling.

-Ver la sangre de una psicóloga -dijo. Luego levantó su arma de nuevo y apuntó hacia Zarantes con una malévola sonrisa desfigurando su rostro perfecto...

No pudo disparar.

Ariel fue más rápido y su disparo dio justo en el antebrazo de la chica quien lanzó un agudo grito de dolor  y dejó caer su arma.

-Lo siento -dijo Ariel-. ¡Te quedarás con las ganas!



***

En los meses que pasaron, Gia Franklin cerró el proyecto de El Palacio en respeto a todas las personas que murieron y dio una fuerte compensación económica a las familias de las víctimas. Según se ha escuchado, desea reabrir El Palacio dentro de algunos años, cuando todos se hayan olvidado del terrible suceso que envolvió al primer proyecto.

Milena Nyu entró a estudiar en la universidad y empieza a destacar en el ambiente artístico.
Patricia Salinas dejó los estudios y abrió una cadena de tiendas que la han convertido en millonaria.
No se sabe mucho del resto de las chicas participantes de El Palacio.

La policía encontró a Hansell Berríos, Uriel Gutiérrez y Josafat Arancibia, un poco desnutridos, pero vivos en una de las jaulas de la mina abandonada. Actualmente, viven muy bien, cada uno por su lado. Mientras que Mara Liz Zavala ha decidido dedicarse al cuido de su hijo y a levantar una nueva empresa.

Ariel Escorcia, por su parte, fue promovido en las fuerzas policiales y Eyling Zarantes sigue apoyando al detective en algunos casos difíciles.

En cuanto a Jully Arauz y Bella Rojas, un juez inepto declaró que, por ser jóvenes, no debían ir a la cárcel. Se les condenó a tres años en un reformatorio juvenil del que se fugaron en menos de un mes. ¡Nadie sabe su paradero!

Jackeline Montenegro se casó, se mudó a otro país y actualmente está ocupada en grandes proyectos empresariales. Casi ya ha olvidado todas las terribles cosas que vivió, sin embargo, en ocasiones, aun se despierta a medianoche sintiendo que alguien la mira desde la oscuridad…



FIN