lunes, 26 de junio de 2017

EL PUEBLO DE LAS CEGUAS 9 (Final): Una Vida Por Otra...





-Todas murieron, ¿verdad? -preguntó Sandra, sin atreverse a mirar hacia la multitud de Ceguas.
Graciela se limpió un par de lágrimas que aun descendían por sus mejillas y movió la cabeza de manera afirmativa.
-No puedo creer que dieran sus vidas por mí -afirmó, Sandra, con tristeza.
-Más te vale que lo valgas -dijo Graciela-. ¡Más te vale que hagas que todo este sacrificio valga la pena!
Sandra clavó los ojos en Graciela y por un momento parecía que iba a decirle algo, pero luego bajó la mirada hacia el suelo y comenzó a llorar. Era un llanto silencioso y melancólico por todas aquellas guerreras y guerreros que habían dado su sangre en la batalla.
-Ya estamos a salvo -dijo Yosmar, tratando de consolarla-. ¡Ya sólo falta entrar a la Catedral y no tendremos que volver a ver una maldita Cegua en nuestra vida!
Graciela se mordió los labios. La verdad es que la Catedral parecía un magnífico refugio, pero, ¿qué iban a hacer cuando se acabara la comida? ¿O cuándo se acabara el agua, o cuando simplemente se les acabara la paciencia? ¿Cuánto más iban a poder resistir la vida en aquel pueblo infernal, sin ver la luz del sol, sin ver a sus familias?
La voz de la pequeña Jennifer la arrancó de sus pensamientos.
-¡Deberíamos de entrar! -dijo.
Tenía razón. Era una locura estar en aquel sitio, a la intemperie y bajo la fría lluvia. Con paso tranquilo, Graciela subió las escalas y se acercó a la enorme puerta de madera. Puso las dos manos contra la dura superficie y empujó. El enorme portal giró sobre sus goznes lanzando un largo gemido. Adentro del templo, las tinieblas eran tan compactas que parecían una enorme pared negra.
-No veo nada -dijo Yosmar, con acento intranquilo-. ¡Me da un poco de temor!
-No te preocupes -dijo Jennifer-. Este es suelo sagrado. ¡Ninguna Cegua pueda entrar!
-¡No quiero entrar! -dijo Sandra Palacios.
Graciela la tomó de una mano y la haló con suavidad.
-No tienes de qué preocuparte -le dijo.
Con pasos vacilantes, el grupo avanzó por entre los asientos de madera de la iglesia. La oscuridad era total y el silencio sólo era interrumpido por los horrendos sonidos que emitían la multitud de espectros que esperaban afuera.
-Hay algo que no me guste de aquí -insistió Sandra.
-Es suelo sagrado -repitió Jennifer-. ¡Estamos a salvo! ¡Tranquilas!
Sin embargo, tampoco Graciela Zeledón se sentía del todo bien.
Era cierto que las Ceguas no podían entrar a aquel sitio, sin embargo la oscuridad la inquietaba demasiado. Sin poder evitarlo, tenía la pavorosa sensación de que algo que ella no podía ver la estaba acechando en las sombras y esperaba el momento oportuno para atacarla. De forma inconsciente, llevó la mano hasta el pequeño cuchillo que portaba en la cintura y presionó el mango con nerviosismo.
De pronto, dos carcajadas aterradoras resonaron interrumpiendo el silencio y las cuatro mujeres se estremecieron de terror.
De forma mágica, todas las velas del templo se encendieron por sí mismas y la luz dorada inundó todo. En el altar dos bellas mujeres vestidas de blanco continuaban riendo de manera psicótica.
Graciela las miró aterrada pero lo que más le llamó la atención fue que en el suelo se veía el cuerpo inmóvil del Cadejo.
-¡Bienvenidas a la casa de Dios! -dijo Annabel Berríos, sin poder contener la risa-. ¿Dónde está su Dios ahora?
-No puede ser -dijo Jennifer-. ¡Las Ceguas no pueden entrar aquí!
-Nosotras somos más fuertes que nuestras hermanas -dijo Jackeline Montenegro-. ¡El poder del suelo sagrado no nos afecta!
-¡Somos tan fuertes que hemos matado al mismísimo Cadejo! -agregó Annabel dando una patada sobre el cuerpo del animal.
Graciela Zeledón vio el cadáver de aquel enorme perro que le había salvado la vida y no pudo evitar llorar de tristeza.
Annabel lo vio y lanzó otra carcajada.
-¿Lloras por el perro sarnoso? -preguntó-. ¡Qué patéticos son los mortales!
Mientras eso sucedía, Jackeline Montenegro bajó del altar de un salto y con pasos ágiles caminó hacia las mujeres. Su mirada era inquietante y la sonrisa que dibujaban sus labios era siniestra. A pesar de tener la forma humana, algo en ella causaba más terror que los monstruos deformes que aullaban afuera.
Yosmar Blandón se dio cuenta de que iba tras Sandra y trató de interponerse.
Se lanzó sobre la Cegua Mayor para empujarla, pero la crueldad de la bruja era terrible. Antes de que Yosmar pudiera tocarla, las uñas filosas de Jackeline entraron en su pecho. Jennifer lanzó un grito y Graciela se llevó las manos a la boca, mientras Yosmar caía al piso.
-¿Alguien más quiere ser un héroe? -dijo Jackeline lanzando una mirada feroz sobre las mujeres.
Luego, caminó hacia Sandra, sonrió con fingida ternura y puso una mano sobre la mejilla de la chica. Por un momento ambas se vieron a los ojos. Jackeline tratando de aparentar bondad y Sandra tratando de evitar temblar.
-Bienvenida a casa, hermana -dijo aquella Cegua.
-Yo no soy tu hermana -replicó Sandra-. ¡Yo no soy una Cegua!
Jackeline retiró la mano de su mejilla y por un momento parecía que iba a golpear a Sandra, pero en su lugar sonrió con hipocresía.
-Tienes razón -le dijo-. Tú no eres una Cegua: ¡Eres una diosa! Eres la hija de Cihualtcoalt… ¡La Mujer-Serpiente! Tú traerás la noche eterna sobre este mundo…
-¡No! -gritó Sandra-. Yo no quiero nada de eso.
-Estúpida -gritó Annabel-. ¿Aún quieres defender a los mortales? ¿Aún quieres servir al Dios Carpintero? Tú podrías ser la nueva diosa de este mundo… ¡Quién quiere ser una esclava del Cielo cuando podrías ser una reina del Infierno!
Sandra ni siquiera lo pensó.
-¡He dicho que no! -dijo con fuerza-. Si esperaban que yo las ayudara, están muy equivocadas… Yo no voy a crear un mundo de Ceguas.
Las dos brujas emitieron una carcajada tan aguda que Sandra tuvo que taparse los oídos para que estos no estallaran.
-No te estamos pidiendo tu opinión -dijo Jackeline, sin parar de reír.
Luego, retomando la forma de una horrenda Cegua, se arrojó sobre Sandra y mordió su cuello con violencia. El cuerpo de la chica se agitó con un dolor inimaginable mientras la sangre inundaba el piso de la Catedral y una especie de fuego empezaba a quemar su piel.
-¿Qué has hecho? -gritó Graciela-. ¡La has matado!
-No la ha matado -dijo Annabel-. ¡Le ha dado una nueva vida!
El cuerpo de Sandra empezó a mutar de una manera horrible.
Su piel blanca y suave se cubrió de escamas ásperas, sus extremidades parecían ser succionadas por su tronco que se alargaba cada vez más y más. La boca se le llenó de dientes puntiagudos y sus ojos, antes bellos, se iluminaron con una fosforescencia sobrenatural.
En menos de un minuto, Sandra Palacios había dejado de existir y en su lugar una gigantesca serpiente lanzaba un “sssshhhh” tenebroso.
-¡La Reina-Serpiente ha vuelto! -dijo Annabel, transformándose también en una Cegua-. ¡Larga vida a la reina!
La serpiente se hacía cada vez más y más grande. En poco tiempo, su cola era tan gigantesca que rompió la puerta del templo y su cabeza colosal empezó a sobresalir del techo.
En la plaza, las Ceguas daban enormes saltos de alegría, se reían y saltaban, o aullaban dando chillidos grotescos.
Graciela, aterrada, se abrazó a Jennifer y comenzó a rezar. En esa actitud estaba cuando escuchó una voz en su oído.
-¿Qué haces? -le dijo la voz.
Graciela abrió los ojos y miró el rostro tierno de María José.
-Eres la chica fantasma -dijo Graciela-. ¡En mal momento te apareces!
María José sonrió con dulzura.
-¿Por qué no has llamado al Cadejo? -preguntó.
-El Cadejo está muerto -dijo Graciela.
-El Cadejo no puede morir -dijo María José-. ¡Él no es mortal!
-El Cadejo no pudo ganarle ni a Annabel -replicó Graciela, con amargura-. ¿Cómo podría ganarle a esa serpiente?
-El Cadejo estaba débil -sonrió María José-. Si quieres que el Cadejo vuelva con todo su poder debes darle algo a cambio…
-¿Darle algo? -repitió Graciela-. ¿Qué?
-Una vida… ¡La tuya!
Graciela miró a los ojos de María José y se dio cuenta de que aquello era en serio. ¿Realmente debía de dar su vida para revivir al Cadejo? Aquel parecía un precio demasiado alto, pero ¿qué más iba a hacer? ¿Qué otra opción tenía?
Llena de dudas, buscó a María José pero ya no estaba. Cerró los ojos tratando de pensar y se dio cuenta de que el tiempo se le estaba acabando. Con cuidado puso a Jennifer a un lado y tomó el último cuchillo bendito que aun tenía en la cintura. Caminó hacia el cadáver inmóvil del Cadejo y puso la hoja del arma contra su pecho.
-Cadejo -dijo-. ¡Toma mi vida por la tuya!
Luego hundió el cuchillo hasta la empuñadura en su corazón y cayó desplomada.
Jennifer lanzó un grito de horror, no sólo por haber visto morir a Graciela sino también porque la serpiente había crecido tanto que empezaba a derribar las paredes del templo haciendo que inmensos escombros se desplomaran.
Asustada, Jennifer se presionó contra la pared tratando de evitar ser aplastada.
En ese momento lo miró. El viejo cuerpo del Cadejo había cobrado vida de nuevo y estaba de pie, lamiendo como un pequeño cachorro, el rostro inerte de Graciela.
-No hay nada que puedas hacer, viejo perro -gritó Jackeline, con una carcajada estrepitosa-. ¡La reina ha vuelto! ¡Has perdido!
Annabel Berríos también rio y los cientos de Ceguas que estaban en la plaza se unieron al coro ensordecedor de risas burlonas, mientras la serpiente gruñía como una bestia del Infierno.
El Cadejo miró a las dos Ceguas con sus ojos fosforescentes. Se sentó sobre el altar y aulló. Fue un aullido largo, largo y agudo, que cayó las risas de las Ceguas y se escuchó en todo el pueblo de manera perfecta.
Luego del aullido: Silencio.
La Serpiente no emitió ningún sonido, las Ceguas tampoco. Incluso la lluvia se detuvo.
De repente algo extraño sucedió en el horizonte. En la lejanía, una pequeña claridad comenzó a notarse. Era una luz débil, un pequeño resplandor incierto. Las Ceguas comenzaron a ponerse nerviosas a medida que aquella luz empezaba a crecer más y más.
Jennifer se puso de pie y miró por la ventana aquella luminosidad dorada. Sin poder contenerse dio un grito de alegría.
-¡El sol! -dijo-. ¡Es el soooollll!
Las Ceguas, aterrorizadas, empezaron a tratar de huir trotando como animales salvajes pero el astro rey ya alumbraba la plaza y sus dorados rayos quemaban a los centenares de espectros, convirtiéndolos en ceniza.
Annabel y Jackeline tampoco lograron resistir recibir el poder del sol en aquel suelo sagrado. Sus cuerpos se prendieron en grandes llamas azules que las envolvieron hasta caer al suelo como bultos deformes.
La Serpiente, entonces, se fue haciendo más y más pequeña, volviendo a tomar la forma de Sandra.

***

Jennifer salió del templo gritando de alegría y comenzó a bailar bajo la luz cálida del sol.
Sandra Palacios también salió de la Catedral con tanta hambre que pensaba que bien se podría comer una pizza del tamaño del Cadejo, que, por cierto, caminaba a su lado con paso tranquilo.
-¿Crees que la gente nos creerá cuando les contemos lo que pasó aquí? -preguntó Jennifer.
-Lo dudo -dijo Sandra-. La gente nunca cree en las leyendas.
Jennifer le dio una patada a un montón de cenizas que unos minutos antes debió de ser una Cegua. Luego miró a Sandra y su rostro reflejó duda.
-¿Qué haremos ahora? -le preguntó.
-Vamos a prepararnos -dijo Sandra-. Buscaremos armas y municiones. ¡Debemos estar listas cuando vuelva la noche y las últimas Ceguas salgan de sus guaridas!
-No puede ser -dijo Jennifer, con frustración-. ¿Vamos a seguir huyendo de las Ceguas?
-Ya no huiremos de ellas -dijo Sandra-. ¡Ahora ellas huirán de nosotras!
Siguieron caminando por la calle, bajo la luz calurosa de la mañana, mientras que de algunas casas empezaban a salir sobrevivientes.

FIN

Agradecimientos cordiales a todas las personas que prestaron sus nombres para aparecer en esta obra. Un gracias infinito a:
Nancy Ortega
Ivonne Soza
Sandra Palacios.
Jully Arauz.
María José Altamirano.
Jackeline Montenegro
Yosmar Amair Blandón.
Esmeralda Ortiz.
Ariel Escorcia (Fisher)
Jennifer López
Eyling Zarantes.
Verónica Álvarez (Julieth)
Bella Castillo.
Belkis M. Dávila.
Valeska Cajina (Chelita)
Jubelka Castro
Malena Fu
Annabel Berríos
Graciela Zeledón
Kary Obando
Indira Picado
Javier Rodríguez
Ronny Jarquín
Ivania Dalla Torrez
Nohemí Gonzalez.
Emily Gonzalez (Elieth)
Karelia Hernandez.
Keila Bordas.
Perla Jarquín.

 
Además un gracias a los lectores fieles entre los que cuento a amigos como Alejandro Palacios, Daniel Madriz, Miguel García, Mary Smith, etc.
Sin ustedes esta saga no hubiera podido hacerse.

GRACIAS!!!!

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A pesar de la lluvia torrencial y de la tenebrosa oscuridad, el grupo de Perla Jarquín no aceleraba el paso.
Correr de forma desesperada hubiera sido un suicidio.
De pronto, parecía que todas las malditas Ceguas habían decidido ir a darse un paseo por las calles del pueblo. Casi en cada calle, los relámpagos de la tormenta iluminaban aquellos horribles espectros con rostros de caballo, lanzando carcajadas infernales.
Protegida detrás de un viejo muro, Perla Jarquín se limpió el agua que caía por su rostro.
-No sé qué diablos pasa -le dijo a Keila Bordas-. ¡Todas las Ceguas andan alborotadas!
Keila iba a decir algo, pero Belkis se le adelantó.
-Es por Sandra -dijo Belkis-. ¡Las Ceguas quieren atraparla!
-Entonces deberíamos dejarla -dijo Keila-. No tiene sentido dejar que nos maten por culpa de ella.
-No -interrumpió la bruja Valeska-. ¡Si capturan a Sandra, las Ceguas destruirán el mundo!
Perla Jarquín arqueó una ceja, como siempre hacía cuando algo no se lo creía, pero decidió dejar el asunto así.
-Tranquilas -dijo-. No vamos a dejar a la tal Sandra… ¡Yo nunca dejo a nadie!
Luego asomó la cabeza por encima del muro y contempló la oscuridad por un rato.
-No veo Ceguas -dijo-. Avancemos.
Nancy Ortega y Yosmar Blandón estaban un poco más atrás. Apenas estaban sentándose a descansar cuando escucharon el inoportuno “avancemos” de Perla.
-No entiendo como esa niña está tan segura de que no hay Ceguas -dijo Nancy-. ¿Acaso puede ver en la oscuridad?
-Tiene muy buenos ojos -dijo Keila.
-No se trata de sus ojos -dijo Valeska-. Esa niña es descendiente de los antiguos cazadores de Ceguas… ¡A pesar de los siglos, los poderes mágicos no se pierden! Esa niña no ve las Ceguas, pero las presiente.
Mientras ese diálogo se desarrollaba, Perla Jarquín cruzó la calle anegada en agua de la tormenta y se detuvo en una esquina. Con sus ojos de halcón miró la puerta de aquella casa y no pudo percibir el rastro de ninguna bruja de rostro equino.
-Allá está nuestro refugio -le dijo a Keila, cuando el resto del grupo le alcanzó-. ¡Sólo nos quedaremos a descansar 5 minutos! Luego iremos a buscar a Javier y a los demás.
-¿Cómo sabes que no hay Ceguas ahí dentro? -dijo Belkis.
-Dejamos a una de las novatas cuidando el refugio -dijo Keila.
-Sí -dijo Yosmar-. Una amiga nuestra. Se llama Verónika… ¡Sólo espero que siga viva!
Perla miró hacia la casa y sonrió.
-Tu amiga sigue viva -le dijo a Yosmar-. ¡La puerta de la casa no ha sido derribada!
Luego, Perla se pasó la mano por su pelo para quitar la humedad que le estorbaba y desde la oscuridad dio sus instrucciones.
-A la de tres, nos movemos -les ordenó-. Caminen rápido pero no corran. ¡Si alguien hace ruido les juro que la mató yo misma! ¿Listas? Una, dos. ¡Tres!
En fila india, el grupo atravesó la distancia que los separaba de la casa. Perla llegó de primero, metió una llave en una cerradura y la giró. En silencio entró a una sala iluminada por una pequeña vela. Desde un rincón miró las mano temblorosas y los ojos aterrados de Verónica Álvarez.
-Buenas noches -le dijo-. ¿Qué tal la vigilancia?
-No quiero volver a quedarme sola -dijo Verónica-. Estar aquí encerrada fue una pesadilla.
-A nosotras nos cayó la lluvia y nos atacó un Mico -dijo Keila Bordas-. ¡Yo creo que nos fue un poco peor que a ti!
Todas las mujeres entraron y se sentaron haciendo un círculo alrededor de aquella pequeña vela que parpadeaba con el viento.
Verónica, Yosmar y Nancy se sentaron juntas, muy pegadas, como para compartir calor. Keila Bordas, por su lado, puso la espalda contra la pared y trataba de secarse su melena con las manos. En otro rincón, a la izquierda, la llamada Bruja del Bosque, Valeska, empezó a revisar la pierna de Belkis y descubría que su hechizo mágico había restaurado el hueso a su sitio.
Sólo Sandra Palacios se sentó sola y en silencio, contemplando la luz incierta.
Perla Jarquín se acercó a ella y le pasó una botella con un líquido marrón.
-Bebe -le dijo-. Es pinol. ¡Te hará reponer fuerzas!
Sandra la miró a la cara con sorpresa.
-Lo siento -dijo Perla, con ironía-. ¡No te puedo ofrecer una hamburguesa!
Sandra sonrió por primera vez en mucho tiempo.
-El pinol está bien -le dijo-. ¡Gracias!
Luego se llevó la botella a los labios y apuró el contenido hasta vaciarla. Hasta ese momento, Sandra era consciente de cuánta hambre tenía en realidad.
-Tú no eres de acá -le dijo Perla-. ¿Cómo llegaste al pueblo?
-No lo sé -le respondió-. No sé cómo vine ni porqué desean atraparme…
-¡Yo si lo sé! -dijo Valeska Cajina.
Todas las miradas se clavaron en ella, y la bruja repitió frente a todas, la historia que ya le había contado a Belkis.
-Entonces, Sandra es la hija de la diosa Cihualtcoalt -dijo Keila Bordas-. ¡Qué bien! Tenemos en el grupo a una especie de anticristo.
-No soy ningún anticristo -dijo Sandra, con firmeza-. Y si me capturan, no voy a dejar que esas brujas me usen.
-Si te capturan no tendrás opción -dijo Valeska, con algo de tristeza.
Mientras hablaban, tres golpes rápidos sonaron en la puerta haciendo que todas se quedaran en silencio. Perla reconoció que esos golpes eran la contraseña de seguridad que Javier había inventado. Eso significaba que alguien de su grupo estaba al otro lado de la puerta.
Rápidamente se puso en pie, cruzó la sala y abrió tratando de mantener el silencio. Sin esperar invitación, de inmediato entraron Jennifer López, Graciela Zeledón y Malena Fu.
-¿Qué hacen acá? -preguntó Keila-. Se supone que nos iban a esperar en la casa principal.
-La casa principal fue atacada -dijo Graciela, sentándose en el suelo-. ¡Mataron a Ivania, a Bella y Karelia! Además, perdí al Cadejo... Se puso a pelear con una Cegua y no lo he vuelto a ver…
-¿Qué hay de Javier, Fisher e Ivonne? -preguntó Perla.
-No lo sé -dijo Graciela.
-Después que salimos de ahí -dijo Malena-, pudimos ver un ejército de Ceguas entrando a la casa… ¡Fue horrible! Creo… yo creo que Fisher, Ivonne y Javier cayeron peleando…
-¡Maldita sea! -gritó Perla, frustrada.
-Debemos ir a la Catedral -dijo Jennifer-. Eso dijo Javier. Ahí las Ceguas no podrán tocarnos.
-¿Y cómo lo haremos? -dijo Perla-. Sólo tenemos cuatro pistolas cargadas y algunos cuchillos. No tenemos ni mostaza, ni agua bendita… ¡Ni siquiera tenemos al Cadejo!
-Tenemos que hacerlo -dijo Belkis-. No por nosotras, sino por Sandra.
-¿Estás diciendo que sacrifiquemos nuestras vidas? -dijo Nancy Ortega-. ¿Qué nos sacrifiquemos por Sandra?
-¿Ya vieron nuestro pueblo? -respondió Belkis-. Si no quieren que lo que pasó aquí pase en el mundo entero, tenemos que hacer que Sandra llegue a la Catedral… Lo siento, pero tenemos que estar claras de algo: ¡En este momento, su vida vale más que las nuestras!
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sandra Palacios se levantó de manera súbita, tomó el revólver de Verónica y puso el cañón en su sien.
-Esto es lo mejor -dijo con los ojos húmedos-. Si yo muero, las Ceguas no podrán usarme. ¡Debo morir!
Perla, con gran velocidad, se lanzó sobre Sandra, tomó su mano y le dio un rápido giro para desarmarla.
-Lo siento, niña -le dijo-. ¡Pero algo me dice que te necesitamos viva para que todo esto se resuelva!
Después lanzó una mirada al grupo y dándose cuenta de que ahora era la nueva líder dio una sola orden.
-Prepárense para la batalla de sus vidas -ordenó-. ¡Iremos a la Catedral!

***

Bajo el torrencial impacto de la lluvia, una muchedumbre de espectros estaba de pie en la plaza, justo frente a la enorme Catedral.
Ninguna de ellas podía poner un pie cerca del sitio sagrado, pero aun así vigilaban, sabiendo que tarde o temprano los últimos sobrevivientes tratarían de llegar a la Casa del Dios Carpintero.
Ninguna se movía.
Para un observador casual hubieran parecido estatuas grotescas abandonadas en la plaza.
La lluvia resbalaba por sus horribles hocicos de caballo y formaba cascadas que se deslizaban por sus extremidades horrorosas y por sus cabellos putrefactos.
De repente, un sonido extraño invadió el ambiente. Todas las Ceguas movieron sus rostros hacia el sitio en el que se escuchaba y no tardaron en ver el enorme autobús que avanzaba con sus luces encendidas, con una canción de rock metal a todo volumen y con Perla Jarquín en el asiento del conductor.
Las Ceguas dieron un chillido horrible cuando vieron el enorme vehículo atropellando sin misericordia a sus hermanas y se lanzaron en tropel contra él.
-Van a matarnos -dijo Keila Bordas.
-No importa -dijo Perla-. ¡Nos llevaremos a varias con nosotras!
El autobús siguió pasando encima de las Ceguas, rompiendo sus cráneos de caballos y provocando pavorosos aullidos, pero pronto algunas lograron subirse a las paredes del vehículo y empezaron a romper las ventanas. Sin perder tiempo, Nancy y Verónica sacaron sus revólveres y empezaron a disparar a las criaturas.
-Las cuatro moriremos -dijo Verónica, mientras disparaba con certeza a las cabezas de los seres.
Nancy tragó hondo para no pensar en eso.
-Sigue disparando -fue todo lo que dijo.
Mientras todo esto ocurría, Valeska Cajina, convertida en un enorme Mico. empezaba a atacar las Ceguas desde otra esquina alejada. Con toda la fuerza que le daban sus brazos de mono, se lanzó sobre los espectros y empezó a morderlas y golpearlas sin clemencia.
Otro grupo de Ceguas se lanzó sobre aquel Mico y empezaron a atacarlo.
El plan funcionó. Las Ceguas distraídas por ambos ataques dejaron libre el paso hacia la Catedral.
Un segundo vehículo surgió de la nada y empezó a conducir hacia el enorme templo.
Malena Fu lo conducía a toda velocidad, mientras Belkis disparaba a los espectros desde el asiento del conductor. En la parte de atrás, Graciela, Yosmar, Jennifer y Sandra se apretujaban lo mejor que podían.
El auto dio un frenazo frente a las escaleras del templo, pero antes de que pudieran bajar una mano adornada de garras tomó el brazo de Belkis y halándola con fuerza la sacó por la ventana y mandó su cuerpo a volar por varios metros hasta estrellarse sobre el pavimento.
-¡BELKIIIISSS! -gritó Jennifer aterrada.
Malena Fu bajó del auto y disparó contra la Cegua que había atacado a Belkis, pero un segundo espectro la tomó a ella por detrás, se subió sobre su espalda y metió sus uñas en su cuello.
Graciela, que empezaba a subir las escaleras, se detuvo de pronto y pensó en bajar para ayudar a su amiga.
-¿Qué haces, tonta? -le dijo Malena-. ¡Sálvate!
Fue lo último que dijo antes de que aquel demonio se llevara su cuerpo hasta las tinieblas.
Con lágrimas en los ojos, Graciela Zeledón se dio cuenta de que Valeska había sido derrotada y que las Ceguas parecían estar devorando su cuerpo. Además, se dio cuenta de que el autobús estaba totalmente invadido por Ceguas y que ya no se escuchaban más balas desde aquel sitio. ¡También Perla, Karla, Nancy y Verónica, habían dado sus vidas!
Junto con Belkis y Malena, siete jóvenes vidas se habían perdido en menos de tres minutos.
Sin poder contenerse, Graciela comenzó a llorar frente al enorme ejército de monstruos que la rodean lanzando gruñidos terribles pero incapaces de tocarla, ya que estaba en suelo sagrado.
-Lo logramos -dijo Yosmar, descansando en la enorme puerta de la Catedral-. ¡Estamos a salvo!
Pero estaba equivocada…

CONTINUARÁ…

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